Cuando sea grande quiero ser…

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Es común escuchar la frase “los buenos tiempos” de aquellos “años maravillosos” (si entiendes la referencia ya estas ruco) que a veces añoramos incluso con nostalgia, un tiempo mejor en el que quizá no valoramos lo que teníamos, donde los sueños no tenían límite y todo parecía ser alcanzable.

Si estás pensando en que ese tiempo mejor estuvo en la niñez o en la adolescencia tienes razón, sin embargo, también el añorar mejores épocas se presenta en otras etapas de la vida, como sucede con las personas mayores; es algo así como el dicho “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”. Hacemos una retrospectiva de lo que pudo ser o lo que fue.

Ya en otras entregas te he compartido que en la niñez las prioridades están al revés respecto a la vida adulta: el juego va en primer lugar, mientras que en la adultez lo son las responsabilidades, es por ello que cuando recordamos épocas pasadas éstas parecen mejores porque nos divertíamos, de ahí el éxito de las referencias a juguetes, películas, series de televisión, música, etc., o en los productos que las plataformas de emisión en continuo o streaming ofrecen hoy en día: una probada del pasado para afianzar el éxito de un consumidor nostálgico.

Es innegable que en la vida adulta tenemos que atender responsabilidades para poder disfrutar momentos de ocio, sin embargo, al igual que los niños y, principalmente con adolescentes, estos ratos de ocio se pueden convertir en ociosidad.

Hagamos un paréntesis para diferenciar ambos conceptos: ocio implica entretenimiento, diversión, placer, nos aporta un beneficio tanto físico como emocional; por el contrario, la ociosidad tiene la característica de dejar una “resaca” traducida como una sensación de haber perdido el tiempo, incluso en algunas ocasiones genera culpa.

Con el ritmo de vida a veces es difícil distinguir una de otra, no todo el tiempo se puede ser plenamente consciente de si se está disfrutando un rato de relajación o simplemente se deja pasar el tiempo. La complejidad se ve aderezada por la oferta de opciones de entretenimiento, así como por los dispositivos para acceder al contenido.

Sin embargo, el obstáculo más difícil de sortear para no caer en la ociosidad es estar haciendo lo que uno “quería ser de grande”; ¿cómo saberlo?: los niños pequeños quieren usualmente dedicarse a algún oficio y no necesariamente lo cumplen, en la adolescencia los sueños cambian y a veces se rompen.

Si te detienes a pensar, normalmente en la respuesta de un niño sobre ¿qué quieres ser de grande? hay una mezcla de emociones intensas: alegría, admiración, anhelo. Si un adulto se detiene un momento a reflexionar sobre lo que hace en su vida, quizá se dé cuenta de que esas tres emociones no están presentes, lo cual puede ser triste, pero al mismo tiempo es una oportunidad para recuperar la pasión por algo que se dejó en aquellos tiempos mejores.

La adquisición de responsabilidades, a veces desde temprana edad, nos puede alejar de nuestras motivaciones internas, pero también puede acercarnos (aquí no ahondaré en ello). Atención, independientemente de la edad que tengas (incluso niños y adolescentes) puedes encontrar el rumbo que a veces sientes que hace falta o ayudar a alguien a encontrarlo o acompañarlo en su camino:

Primero, hay que aprender a bajar las revoluciones, detenerse y contemplar si disfrutas lo que haces. Un ejercicio básico puede ser iniciar con comer con calma, tratando de identificar los sabores, contemplándolos. Reconocer aquello que nos gusta hacer a veces no es tan difícil, entre más jóvenes es más sencillo. Por ejemplo: niños y niñas tienen juegos y juguetes preferidos, los adolescentes tienen actividades y contenidos que prefieren; el reto es saber por qué me gusta, qué aporta a mi vida aquello que hago.

Segundo, cuando reconozcas lo que disfrutas, procura dedicarle algo de tiempo, no el que te sobre, la dedicación implica ponerlo, como en la niñez, al inicio de la lista de prioridades. Si puedes pasar más de 5 minutos viendo redes sociales o series, seguro puedes encontrar el tiempo.

Esta actividad puede ser prácticamente cualquier cosa, por ejemplo: yo disfruto de lustrar zapatos y cuando lo hago lo gozo, me genera momentos de plenitud.

Tercero, defiende, como el adolescente a su teléfono, el espacio que le dedicas a esa actividad.

¡Ojo!

Que la defensa rara vez es hacia terceros, porque es más difícil defender nuestro espacio de nosotros mismos, de las expectativas que creemos debemos cumplir, los mandatos y la sensación del “qué dirán”.

Parece simple, y realmente lo es, el reto es convertirlo en un hábito, romper las rutinas y la monotonía; es importante que sea de a poco y que salga de tu interior. Si se te dificulta reconocer si es una motivación interna o externa no dudes en comunicarte.

¡Deseo que estés teniendo un excelente inicio de año!

  • Alex Castro. Terapeuta familiar. Facilitador de relaciones armónicas y “bolero”.
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